“Gimnasia y mi hijo son mi vida y el vóley una gran pasión. Jugar me da placer, si no lo disfrutara no tendría ningún sentido”.

Tenía 18 años y cursaba el primer año de la carrera de Educación Física en Resistencia, Chaco. Había transcurrido toda su infancia y parte de su adolescencia como cualquiera de sus amigos y amigas, con muchos sueños por cumplir pero con futuros todavía inciertos. Jugaba al vóley desde los 8 y a los 16 había disputado su primera Liga Nacional con la camiseta de Hindú, mismo club donde sus dos hermanos practicaban básquet. A principios del 2003, recibió un llamado telefénico con una oportunidad que cambió su vida para siempre. “¿Te venís a probar?”, le preguntaron. A 1000 kilómetros de distancia, la historia de Gimnasia tenía un capítulo reservado para Rocío Rivas.

¿Alejarme de papá y mamá, de mis hermanos, de mis abuelos? ¿Y mis amigos? ¿Dejar Resistencia? ¿Y si no aguanto? ¿Y si extraño? ¿Y si no puedo? Frente a una catarata de preguntas sin respuestas, vine pensando que podía volverme enseguida”, recuerda. Así, con más dudas que certezas, tuvo la valentía de emprender un nuevo camino para comenzar a escribir su propia historia. “Estaba feliz. Era una oportunidad única, creo que cualquier jugadora del país desea estar en este nivel y en el club de Gimnasia”, reconoce hoy.

La chaqueña armó sus valijas e inició un viaje sin fecha de regreso. “Era todo nuevo para mí. Yo, súper mamera, pensé que no iba a aguantar ni dos meses. Era difícil, extrañaba un montón”. En este mundo desconocido, encontró un segundo hogar y una persona que hizo las veces de mamá. ¿Su segundo hogar? Gimnasia, porque le permitió desarrollarse, disfrutar y enamorarse cada día del deporte y los valores que representa. ¿Su segunda mamá? Alicia Casamiquela. Así la bautizó. Alicia le brindó lo más parecido al amor maternal que necesitó en el momento justo, la abrazó, la valoró, la cuidó. “Era mi mamá. Para lo que necesitaba ella estaba. Me veía mal y se acercaba a hablarme, si estaba enferma iba a verme con el remedio”.

La llegada de Rocío coincidió con la de muchas otras chicas del interior que perseguían el mismo sueño, con las mismas ilusiones y los mismos miedos que experimentan todos los valientes que deciden lanzarse a una nueva aventura. En La Plata continuó la carrera de Educación Física y se recibió de profesora. “Una de las prioridades era el estudio. Gracias a Dios conseguí para empezar en un Instituto porque ya era tarde para anotarme en la Universidad”, expresa. Tenía casa, comida y estudio, tenía amor y contención. No había vuelta atrás; no necesitaba nada más porque en Gimnasia lo encontró todo. Desde el primer día el club transformó su vida en una montaña rusa de emociones.

Las Lobas ya500 eran las Lobas mucho antes de su llegada. Con sus jóvenes 18 años, se unió a un equipo de gigantes que cargaba con varios títulos en su historia. “Era una de las más chicas del plantel de División de Honor, mis compañeras eran todas enormes. Estaban Marcela Ré, Daniela Preiti, Mariana Burgos, jugadoras muy importantes. Era todo difícil, no podías equivocarte o pifiar en una pelota porque se exigía un montón, admite. “En plena adaptación y con el nivel lógico de adrenalina que genera toda nueva experiencia, fue campeona en la Liga Argentina 2003. Ni ella sabe cuándo tomó real dimensión de lo conseguido: “en ese momento me pasó todo muy rápido. Llegué, se arrancó a jugar y en dos meses ya éramos campeonas. Yo no llegaba a caer, a entender la situación”.

Los triperos dicen que a Gimnasia lo hace grande su gente, el amor casi enfermizo por la camiseta azul y blanca y la locura de los hinchas que llenan el Bosque o explotan el Poli. Pero cuánto más grande es gracias a personas como Rocío que se entregan de cuerpo y alma por la institución. “Mi vida gira en torno al club. Me organizo en función de ir a entrenar, de viajar, de ir a un partido. En el trabajo me dicen Loba, algunos ni saben mi nombre, soy Loba”, reconoce mientras su rostro se convierte en una enorme sonrisa. Su rutina es tan agotadora como gratificante: “Me levanto a las siete de la mañana, llevamos a Fran al jardín, voy a trabajar, salgo a las dos de la tarde y voy a entrenar. Como ahora estoy llegando más tarde, hago la parte de pelota con las chicas y después me quedo sola haciendo pesas. La tarde la disfruto con Fran”.

En enero del 2013 recibió la noticia más linda. Su primer hijo estaba en camino y tuvo la obligación de apartarse del club por un tiempo. Pero Rocío necesita del vóley como un auto del combustible y, cuando Francisco tenía sólo cinco meses, regresó a los entrenamientos. “Tenía moretones en los brazos, estaban negros y me dolían mucho. Realmente pensaba que no iba a poder. Las primeras semanas fueron de sufrimiento puro”. Su vida se reorganizó, los horarios cambiaron y la rutina se volvió aún más cansadora. “Gimnasia y mi hijo son mi vida y el vóley una gran pasión. Jugar me da placer, si no lo disfrutara no tendría ningún sentido”, afirma una y otra vez.

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La búsqueda de la felicidad conlleva sacrificios; vivir nuevos desafíos implica entregarse. Rocío resignó mucho a cambio de otro tanto. Su voz se quiebra de repente y las primeras lágrimas empiezan a caer por sus mejillas enrojecidas: “Millones de veces me pregunté si esto es lo mejor; tuve y tengo mis momentos de crisis”. En su pareja, en su hijo, en el club, en sus compañeras, en sus entrenadores y en el vóley encuentra día a día el verdadero sentido de su vida. A la distancia, la familia sigue siendo su sostén, su cable a tierra: “Trato de ir seguido a verlos pero cuando se juega es muy difícil. Una tía estuvo en las semifinales y finales acompañándome. Siempre me siento acompañada Su pasión por el deporte, el fanatismo de los hinchas, la revolución de las Lobas, Alicia Casamiquela, Paula Casamiquela, la familia Casamiquela entera, vaya a saber qué es lo que la ata a Gimnasia. Probablemente sea un conjunto de todas esas cosas.

Rocío pasócasi la mitad de su vida en La Plata pero no olvida sus raíces. “Gracias a Dios a mi familia nunca le faltó nada, pero siempre fuimos conscientes de que hay gente que la pasa muy mal en Chaco”. La mitad de la población de Resistencia vive en condiciones de extrema pobreza y los Rivas no le dan vuelta la cara a esta realidad: “Cuando yo era chica mi mamá colaboraba con un hogar de chicos y siempre tratamos de ayudar. Hemos ido a barrios y visto cosas muy complicadas”, cuenta. Ella conoce la importancia de la familia, valora el trabajo y la lucha cotidiana de los suyos. También es consciente del propio esfuerzo y su incesante dedicación. “Supongo que en la vida también tengo algo de Loba. Acá me he hecho más fuerte. Gimnasia tiene esto de superarse, de caer, levantarse y seguir a pesar de cualquier circunstancia”.

Hace apenas una semana las Lobas se coronaron en la Liga Argentina y Rocío repitió aquella hazaña del 2003. “Hoy me toca tomarlo con mucha más responsabilidad, más a consciencia. No es fácil conseguir un título, requiere de mucho esfuerzo y trabajo”, destaca. Grupos hay muchos, pero equipos cada vez menos. Las Lobas, con Paula Casamiquela a la cabeza, se unieron en un mismo espíritu y conformaron un gran equipo, se alimentaron unas a otras y llegaron al podio. “Es increíble, no tuvimos nunca un conflicto. El compromiso con el objetivo nos llevó a la final y al campeonato. Se entrenó sin discordias, sin importar horarios, cargas de los entrenamientos. Estuvimos siempre predispuestas a todo”, dice con el pecho inflado de tanta emoción.

El nombre de las Lobas se instaló en todos lados. Ellas son identidad, son orgullo, son Gimnasia. “Nosotros siempre teníamos un flujo de gente que nos seguía, pero este torneo se fue acrecentando. Se fue enganchando cada vez más hasta la final que explotó. Fue terrible, de no creer”, expresa quien lleva el número 8 en su espaldaMás de 3000 personas llenaron el Polideportivo Victor Nethol en el segundo partido con Vélez. “No entraba un alfiler. Se vivió como en aquellos tiempos en los que se ganaba todo”, destaca, aún sin entender la “revolución tripera” de la que ellas mismas son culpables.

Lleva la cinta de capitana pero conserva la humildad de los grandes. Así asume y siente el lugar que le asignaron dentro del equipo: “el ejemplo de la responsabilidad y el compromiso es más valioso que cualquier consejo o indicación técnica. A las más chicas les digo que si están acá es porque trabajaron y están preparadas. Tienen que confiar en lo que saben. Las Lobas festejaron en un Polideportivo desbordado y días después recibieron la ovación de los hinchas en el Bosque. Rocío le cedió la Copa a su compañera, Tatiana Vera, y recorrió la cancha con su hijo en brazos y el escudo de Gimnasia en el pecho. Ese es el lugar que el destino tenía asignado para ella.