Una vida junto al básquet: Pablo Giorgetti

Giorgetti: “Vivo por este deporte que me dio todo”

“En mi casa se respiraba básquet, en la cena básquet, en el almuerzo básquet, charlas de básquet antes de dormir, todo era básquet donde nací”, recordó Pablo Giorgetti. Nacido y criado en una familia con el alma naranja, su destino y su vida no podían ser de otra manera. Este deporte le dio no sólo sus mayores alegrías como un ascenso con su padre y su hermano, sino también algunos duros, como cuando se dio cuenta que no iba a logar vivir de él.

Pero en vez de sufrirlo o quedar golpeado, fue un envión fundamental para romper las fronteras albicelesetes y llegar al Viejo Continente que, como él aseguró: “el mundo me cacheteó en la cara, me enseñó cosas inolvidables que me ayudaron a ser quien soy”. Hoy con 37 años, formó una familia, tuvo un hijo, Tomás, y continúa practicando el deporte que lo acompañó en cada momento de su vida desde los 4 años y él así lo afirmó: “Vivo por este deporte que me dio casi todo, lo hago porque lo disfruto enormemente y no porque me da de comer”.

“Mi viejo fue jugador de básquet en La Plata, lo practicó desde los 13 hasta los 30 y tuvo una historia muy rica acá”, detalló Pablo Giorgetti indicando los indicios por los cuales él se insertó en la disciplina. Por las calles de Gonnet, cuando su padre ya era entrenador de Universitario, viajaban en una bicicleta inglesa hacia el club. Mientras los deportistas entrenaban, siendo un nene de tan sólo 4 años, Pablo jugaba a un costado de la cancha con la pelota y comenzaba a descubrir una pasión que lo guió hasta el día de hoy.

En aquella institución, Giorgetti disputó todas las categorías desde pre-mini, hasta segundo año de juveniles. “Era chiquito, flaco y desgarbado”, declaró y agregó que en un principio, jugaba de pivote y luego, por su físico, fue cambiando de posición. Durante esos años de competencia, Universitario y Reconquista eran los principales exponentes en esas categorías y siempre arribaban a las finales en las que, tras caer derrotados en mini y pre-mini, la U de la mano de Giorgetti, logró arrebatarle el título al naranja.

A la derecha, un joven Pablo Giorgetti celebra el título de Universitario junto a su padre y hermano
A la derecha, un joven Pablo Giorgetti celebra el título con Atenas

No obstante, su máxima consagración le llegó a sus 18 años. Universitario había perdido el ascenso en la temporada anterior cuando Giorgetti era primer año de juveniles. En su segundo año, tras una dura temporada, no sólo consiguió el pase a la máxima categoría, sino que lo realizaron en familia. Pablo junto a su hermano y a su padre, que era el entrenador, le dieron al club uno de los logros más significativos de su historia y 20 años después así lo añoró: “me di el gusto de ascender con mi familia y es uno de los mejores recuerdos que tuve con el básquet, fue algo irrepeteible”.

“Con mi viejo tuvimos millones de peleas porque éramos los dos muy temperamentales”, narró Pablo aunque detrás de las discusiones y los enojos, los aprendizajes de padre a hijo, dejaron marcas para toda la vida. Tras meditar unos instantes, enumeró: “Era como papá y entrenador con todo lo bueno y todo lo malo, a través del básquet me fue transmitiendo sacrificio, el trabajo duro, la honestidad, la sinceridad, armar un buen grupo, en definitiva, la pasión por este deporte”.

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Pablo se queda con la red luego del campeonato conseguido con Unviersitario

Con estos valores como principios fundamentales en su esencia, Pablo Giorgetti se encaminó en una nueva etapa. Con un ciclo cumplido en Universitario que culminó con el ascenso, emprendió un nuevo rumbo hacia Atenas. Allí disputó la sub 22 y la primera donde su palmarés se fue incrementando y la búsqueda hacia el profesionalismo comenzó a tomar forma, Finalmente se le presentó la posibilidad: “Racing estaba buscando armar algo que no tenia algo muy definido y estaba probando jugadores. Conseguimos una prueba, fuimos y después no se termino dando”, contó y explicó que, por su altura, lo pusieron de base, una posición en la que no se sentía cómodo y no le fue como esperaba.

Esta prueba fue un quiebre en su forma de ver al básquet y a la vida, “fue algo que me abrió los ojos”, sentenció. A partir de ese momento, su proyección del futuro mutó: “todos lo que llegaban tenían que sacrificar muchas cosas en pos de logarlo y no sabia si estaba dispuesto a sacrificar amistades, vida social, familia, novia, y un montón de cosas que eran necesarias para poder llegar”, expresó. Pese al duro golpe sufrido, su relación con la naranja comenzó a ser más como una amistad, de diversión, de disfrutar de un deporte que era gran parte de su vida, pero ya no una obligación.

“Cuando me di cuenta de que no iba a vivir del básquet, me empezaron a interesar otras cosas como conocer el mundo”, relató así el inicio de una nueva época. Ese interés lo llevó a vivir siete años en Europa. “Hasta ese momento cuando tenía 23 años, vivía como alguien mucho más grande”, detalló Pablo los sentimientos que lo impulsaron a traspasar las fronteras del país y agregó: “descubrí que me faltan vivir un montón de cosas, entonces agarré y me fui”.

Corría el año 2003 y con la idea en la cabeza de estar seis meses, emprendió su nuevo destino. Tras unos meses complicados en el inicio, empezó a estudiar, consiguió distintos trabajos y se acomodó a un nuevo estilo de vida en el que preponderó una frase: “Cuando me estaba yendo, una persona me dio una recomendación: “Si pensás irte, cuando llegues no dejes al valija armada, desarmala”, me dijo metafóricamente hablando, no tenía que pensar en volver, tenía que llegar y hacerme solo”.

Y allí estaba, una diagonal al Viejo Continente, parado frente a culturas, sociedades y costumbres diferentes. Pese a las adversidades, las ansias de descubrir y de demostrarse a sí mismo que podía, lo llevaron a salir adelante y así lo contó: “Acá tenés un llamado, un amigo o alguien que te tira una soga, allá hay que remar solo y al principio extrañé mucho pero de alguna forma, te reinventas, volves a ser de la nada misma, un N/N que nadie conoce, es todo de cero”. Como barman y modelo, dio sus primeros pasos para luego derivar en la firma Lacoste donde hizo una carrera hasta que llegó, luego de varios años, a ser director de dos tiendas.

En la empresa debió aprender catalán para poder relacionarse en una sociedad muy cerrada por lo que se debe acostumbrar a su idioma y a su cultura para poder desenvolverse. Esto le ayudó para desplegarse como básquetbolista: “Allá siempre seguí jugando al básquet en distintos clubes y, lo que más me costó fue el grupo que para mí es fundamental. Son muy cerrados y cuando no te quieren hacer el espacio no te lo hacen, te lo tenés que hacer solo”. Giorgetti pasó tres meses yendo a entrenar, haciendo el bolso y retornando a su casa hasta que después de pulir con fineza sus relaciones, “pude hacer amistad con algunas personas que me abrieron la puerta del grupo”.

De esta manera, parecía que todo estaba más encaminado que nunca. Económicamente estaba estable y ahora había conseguido insertarse en un equipo en el que se sentía a gusto pero aún así, una extraña sensación lo invadía. Cuando pasó un tiempo en España, Pablo había cumplido todos los desafíos y se replanteó la situación y un interrogante floreció: ¿volver a Argentina y retomar lo que dejó en La Plata o forjar una verdadera vida en España? “En esa disyuntiva empezaron a sopesar los afectos, la tierra y lo más conflictivo era sentirme ciudadano de ningún lado, porque iba y venía y en ese momento no sabía realmente de donde era”, se abrió pensativo Pablo descubriendo las sensaciones que repicaban en su cabeza en ese difícil momento.

Pablo junto a su hijo, Tomás, festejan la permanencia en la A1.
Pablo junto a su hijo, Tomás, festejan la permanencia en la A1.

“En el verano de 2009 volví de vacaciones, conocí a mi pareja actual y fue el empujón que me faltaba y dije: “ya está, tengo todo, si quiero apostar con algo y crecer con algo, este es el momento”, narró Giorgetti. Ese fue el impulso que necesitaba para retornar a sus inicios, a su país, a la ciudad de La Plata. Desde ahí pudo conformar una nueva vida confortable pero los aprendizajes que siete años en Europa le dejaron le ayudaron a forjar su identidad y así lo entiende: “Si me preguntan qué consejo le daría a mi hijo, le diría que se vaya solo a conocer el mundo, a vagar por distintos lugares a que el mundo lo cachetee en la cara”.

Hoy, a los 37 tiene una vida estable con su pareja y su hijo. Trabaja en una empresa multinacional de telecomunicación y juega a lo que más le apasiona: al básquet. Ese que lo acompañó en los momentos más duros que debió vencer en otro país. Día a día se levanta para ir a su trabajo en Capital Federal, vuelve para ir al gimnasio y entrenar, pero no sin antes pasar por su casa a jugar con su otra gran pasión, su hijo. Aseguró que es algo cansador pero aún así dijo: “tengo la suerte de que mi familia me banca en este capricho que tengo de jugar al básquet con 37 años, me ven feliz y son felices ellos”.

Desde que comenzó a los cuatro años en este deporte, sólo estuvo un año sin jugar en el momento en el que volvió del exterior y así describió esas emociones: “sentía que me faltaba algo, no estaba completo y me di cuenta de que lo que me faltaba era jugar al básquet y todo lo que me dejó, el estilo de vida y una pasión enorme por hacer lo que hacía y lo que hago”.

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Simón De Aduriz

Simón De Aduriz

Periodista.
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