“Todo el mundo piensa que le deseo el mal a Gimnasia. Al contrario. Es un club que me dio muchísimo y me puse feliz cuando las Lobas salieron campeonas”.

En la intimidad de su casa de La Plata, que ya tiene algunas paredes vacías y pronto estará lista para recibir a un nuevo huésped, Giselle Dopozo abre su corazón para brindar un relato lleno de emociones y de recuerdos vivos. Habla del golpe más duro de su carrera entre lágrimas y algunas sonrisas que la ayudan a contar lo que siente, hoy porque antes no tuvo fuerzas para hacerlo. La salida de Gimnasia la afectó deportiva y psicológicamente, tanto que encuentra allí la raíz de su retiro. Dos años después se conecta con su interior más profundo y reflexiona en una charla en la que “Gimnasia” aperece por todos lados.

Le dio al vóley todo lo que pudo y el vóley le dio a ella más de lo que imaginó. Bahía Blanca recibirá a una Giselle muy distinta a la que partió para emprender un camino que, sin dudas, valió la pena transitar. Más que el paso del tiempo, fueron experiencias, personas, alegrías y frustraciones las que marcaron a una mujer que vuelve a sus raíces en busca de la felicidad que ya no le da la pelota.

Se define “más platense que otra cosa”, aunque nació en Puerto Belgrano de Punta Alta y vivió desde los siete en Bahía Blanca. Por entonces, el básquet femenino no tenía un gran desarrollo y había sólo cuatro o cinco equipos de vóley. Coqueteó con el handball pero aceptó el consejo de su profesora de natación para probarse en Bahiense del Norte. En ese club, el mismo donde Manu Ginóbili hizo picar por primera vez la pelota, Giselle comenzó su extensa carrera en el vóley.

Apenas tenía 12 años cuando llegó a La Plata junto a la mamá y su esposo. Año 2000; el inicio de la etapa más gloriosa de las Lobas: campeonas en la temporada 1999/2000 de la Liga Argentina, campeonas en el Torneo de la Federación Metropolitana, cuarto puesto en el Sudamericano. “En Bahía me decían que vaya a Estudiantes porque era más conocido por el fútbol, pero era el boom de las Lobas. ‘Vamos a Gimnasia’, dije yo”, relata entre risas. Su historia empezó a escribirse el día que entró al Polideportivo Victor Nethol de la mano de Fernando, pareja de su madre. En sus 170 centímetros no cabían más ilusiones.

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Alicia Casamiquela dirigía el entrenamiento. Eran tiempos de Marcela Ré, Mariana Burgos, Silvana Olivera, Melina Lorenti, las brasileras, etc, etc. “No me lo olvido más. Atacaron un pelotazo de la línea de 3 para adelante y yo pensé ‘estas son cracks’, vámonos”. No tenía ni la más mínima sospecha de que ese momento sería imborrable en su memoria.

Desde ese día perteneció a un mundo que la hizo sentir plena durante 15 años. Gimnasia fue el club de su vida: ahí almorzaba, entrenaba, hacía las tareas del colegio y preparaba los exámenes. Su mamá se resistiá. “¿Por qué no te llevás un colchón?”, era una pregunta reiterada, una admiración disfrazada de reproches. “Quizás a uno lo hace feliz estar detrás de un escritorio; a mí transpirar, tirarme, correr al rayo del sol”. No tuvo el apoyo incondicional de los suyos pero entendió que “uno no puede obligar a alguien a hacer algo que no siente”. Sin embargo, recuerda con alegría aquella vez que su familia entera estuvo en la tribuna. Fue en Olimpo vs Lobas; ella vestía la camiseta aurinegra.

Todo lo que conlleva un gran esfuerzo reconforta mucho más y Giselle es una abanderada de la dedicación y el sacrificio. En el último año de la Escuela Secundaria empezó a trabajar en una veterinaria para pagar el viaje de egresados. Su vida adolescente transcurrió entre el estudio, el trabajo y el deporte. “Yo me perdí un montón de cosas. Fui sólo a los cumpleaños de 15 de mis mejores amigas y hasta las 12 o la 1. Nadie me entendía, pero yo quería crecer en lo deportivo”. Ese profesionalismo y convencimiento que no sólo profesa sino que también puso en práctica a lo largo de toda su carrera, hicieron realidad muchos de sus sueños.

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Cosechó varios títulos de inferiores y en el 2009 debutó en la División de Honor. En el Bosque comprendió el amor desmedido de los triperos que llenaban el Polideportivo para alentar a las Lobas: “fui a ver Gimnasia contra Boca. Insulté a Martín Palermo; si mi papá me veía me mataba. Los nenes lloraban, los abuelos lloraban. Ahí entendí todo. Los hinchas ven la camiseta y están; no importa si no entienden nada del juego, son hinchas del club. Eso no pasa ni en Estudiantes ni en otros clubes que son fútbol y nada más”.

Tuvo su primera experiencia internacional cuando aún no había jugado una temporada completa en la máxima categoría del vóley metropolitano. Convencida de que “el tren no pasa más de una vez”, se fue con 21 años recién cumplidos al Cuesta Piedra de Tenerife (España) junto a las argentinas Silvana Olivera y Verónica Castelli. “Creo que nadie tuvo tanta suerte como yo; me fui a un paraíso. Fue hermoso en lo deportivo y conocí gente de otros lugares, otras culturas”.

Sirenas, gritos, gente corriendo de un lado a otro. Así la recibió Israel, su segundo destino lejos de Argentina. Las palabras de la mamá resonaron en sus oídos: “Estás loca Giselle, están en guerra”. El alma le volvió al cuerpo cuando alguien del otro lado del teléfono le informó que se trataba de un simulacro de guerra. Ese sacudón nada tuvo que ver con los meses compartidos con Celia Paterno en el país de Medio Oriente. “Vivíamos en una montaña. Abríamos la ventana y se acercaban los castores”, recuerda. Todas las mañanas un micro las llevaba al club Misgav donde entrenaban con el equipo y dirigían a una categoría de inferiores.

Luego emprendió rumbo hacia Perú para vestir la camiseta de Unión Vallejo Tarapoto. “Vivíamos en una selva, una maravilla de lugar. Estaba en mi mundo porque pude disfrutar de mi otra pasión, los animales, hasta almorcé al lado de un mono”. La alimentación basada a pollo y arroz más una escasa preparación a la que su cuerpo no estaba acostumbrado la debilitaron físicamente. Regresó a La Plata pesando 54 kg. “No tenía piernas y no me dejaron jugar hasta que no aumenté de peso”.

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28 de noviembre de 2015. Gimnasia enfrentaba a Vélez por el tercer puesto de la División de Honor. Formación titular: Tatiana Vera, Bárbara Stanford, Natalia Palma, Giselle Dopozo, Rocío Rivas, Priscila Bosio y Jazmín Molli. Resultado final: 2-3 para el Fortín. “Ese día no hubo charla ni nada, un clima muy feo”, recuerda. La derrota le doló a todos porque el objetivo de las Lobas fue, es y será siempre terminar en lo más alto.

La Liga Argentina era el próximo desafío. En Gimnasia reinaba el silencio mientras otros clubes levantaban el teléfono preguntando por Giselle. Virginia Ardissino y Bárbara Stanford fueron las primeras desafectadas y para ella correría la misma suerte después de una extensa charla que mantuvo con un dirigente del departamento de vóley. “Me preguntaba todos los días, ¿por qué?, ¿qué hice mal? Jugué todo el año de titular, cumplí y rendí, ¿por qué me echan así?”, relata con la voz quebrada mientras intenta esconder las primeras lágrimas.

Giselle pasó la mitad de su vida en una institución que le permitió crecer en todos los sentidos, pero no se fue de la manera que soñó. “Fue el golpe más duro. El club era mi casa y Alicia Casamiquela mi mamá”. Sobrellevó constantes luchas internas hasta que dejó de buscar respuestas para poder afrontar el último tramo de su carrera. “No tengo rencor, sólo dolor y decepción. Hoy puedo hablar de todo esto, pero en su momento no podía. Quizás dije cosas que no pensaba. Le deseé? lo peor a algunas personas y me arrepiento”, reconoce dos años después.

Tras su salida de Gimnasia, disputó la Liga Argentina 2015 con San Martín de Formosa, el Sudamericano de Brasil con Bolivia y la Liga 2016 con Olimpo. La herida seguía abierta, pero pudo seguir disfrutando del deporte que le apasiona. “El Sudamericano fue una experiencia única. Más allá de los resultados, defenderle una pelota a Brasil fue increíble. Conocí a Fofao, una de mis ídolas; cuando entró yo aplaudía”.

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Salió adelante como una campeona y Universitario le abrió las puertas para continuar desarrollándose. Allí encontró un grupo con objetivos y formas de pensar que no eran compatibles con su manera de vivir y sentir el vóley. “La mentalidad de las chicas era totalmente diferente. Nosotras estamos acostumbradas a ser más profesionales. Yo llegaba tarde porque trabajaba y me sentía muy mal, pero me enteraba que no habían hecho trabajo físico. Eso no es para mí”. Ese mundo no le pertenecía y volvió a trastabillar. Estuvo a un paso del retiro, pero su mayor triunfo en la “U” fue jugar con Virginia Ardissino, Bárbara Stanford y Mara Ré, sus amigas y confidentes dentro y fuera de la cancha.

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La amistad con Nadia Garay la acercó a Estudiantes, que por entonces dirigía María de los Ángeles Paredes. “El único motivo por el que acepté sos vos”, le dijo a su ex compañera en Gimnasia y mamá del nene que sonríe en una foto que está sobre la heladera. Una fanática de Boca como Giselle entiende la eterna rivalidad entre Estudiantes y Gimnasia, pero al momento de tomar una decisión puso por encima de todo al amor por el deporte. Así lo expresa: “lo hice por una cuestión deportiva y económica. Necesitaba la plata y necesitaba tocar una pelota de vóley”. Una palabra de aliento ayuda, da fuerzas y motiva. Ahí estuvo su jefe para dársela justo a tiempo. “El sentimiento por Gimnasia no te lo va a quitar nadie”, le dijo.

Jugó la Liga Argentina 2017 y se quedó a disputar el Torneo Metropolitano. El Pincha vivió un semestre difícil con la salida de referentes y dificultades extradeportivas, pero Giselle tuvo la posibilidad de despedirse en la cancha y eso es algo que siempre va a agradecer. “Fue uno de los mejores grupos que integré. Me cumplieron en todo”, señala aunque reconoce que “fue un caos entrenar en Ensenada y en Tolosa y tuvimos mucho déficit en la preparación física por falta de espacio y materiales”.

En más de 15 años de carrera nunca dejó de aprender: “tanto Marita como mis compañeras me enseñaron un montón de cosas”. Las jóvenes que dieron la cara por el club en las situaciones más adversas se ganan sus elogios: “por Martina Delucchi me saco el sombrero. Es una nena que quiere todo el mundo. Estudiantes tiene un oro que tiene que aprovechar#. Sobre la central Thiara Cravero, destaca: “hay que hacerle un monumento. Es lo más. Le dije que no pierda su carácter porque no sé si la llevará a grandes cosas o no pero la va a hacer muy fuerte. No tiene maldad. Jugó dos o tres categorías de inferiores más mayores y la Liga. Se la bancó muy bien”.

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Risas, llantos, abrazos, triunfos, derrotas, indiferencia. Todo lo vivió en el Polideportivo de Gimnasia. Allí muchos todavía la añoran, otros no. “Entrá Dopozo”, le gritó una mujer en el último clásico de este año. “No entendí el momento ni el por qué. No está bueno estar lesionada y menos para un deportista que sabe que pronto se retira. ¿No te das cuenta que estoy lesionada?, reflexiona acerca de una situación que le dolió pero prefiere dejar atrás para atesorar sólo los buenos recuerdos: “el mejor regalo que recibo cada vez que entro al Poli es que las nenas se me cuelguen. Eso me llena”.

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Se fue por la puerta de atrás pero lloró de emoción cuando las Lobas se coronaron campeonas de la Liga Argentina 2017. “Creo que lloré por dos cosas: por la alegría de la gente porque se lo merecía. Cuando era chica yo estaba colgada entre las banderas mirando a las Lobas y soñaba con estar ahí y darle ese título a los hinchas. Estas chicas se lo dieron. También lloré porque lo estaba mirando desde mi casa sin ningún motivo”. Su hermana apagó el televisor pero esas imágenes quedaron grabadas para siempre en su retina y en su memoria.

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Las dudas empezaron a principios de este año. “No iba a jugar la Metro, incluso Marita me lo re agradeció. No disfrutó sus últimos meses al 100% pero el regreso después de la lesión ya no era una motivación para encarar con más fuerzas su recuperación. “Hija, las cosas alguna vez se terminan”, le dijo su mamá. Mientras tanto, su sobrino Gino empezaba a dar los primeros pasos en Bahía Blanca. “Hacía videollamadas y pensaba ¿qué hago acá perdiéndome todo esto? Ese fue el último empujón. A los 30 años tomó la decisión de retirarse.

El 7 de noviembre la derrota de Estudiantes ante Universidad Nacional de La Matanza fue el final de su carrera. “Tengo que llorar?”, se preguntó, y recién tomó dimensión cuando miró a los ojos a sus compañeras. “Lamentablemente nos cayó todo el año encima en ese partido; el cansancio, el fastidio, el no tener jugadoras que necesitábamos”. No se despidió con la camiseta que alguna vez soñó ni de la manera que merecía, pero el deporte no siempre es justo con las personas que se brindan al máximo.

Giselle dejó una huella imborrable en el vóley. Se lleva recuerdos y experiencias que marcaron a fuego su paso por la ciudad. Se lleva amistades y afectos que cosechó en el deporte y en la vida. Se lleva el cariño de compañeras y entrenadores. Se lleva el amor que supieron brindarle los hinchas de Gimnasia, la consideración de Estudiantes y la tranquilidad de haber respetado todas las camisetas que defendió. En Bahía la esperan su familia, su casa, su abuela, su sobrino Gino y un montón de placeres cotidianos. Hacia allá va en busca de la felicidad.